La alternativa

En mi anterior post hablaba del miedo, esa sensación de angustia que invade nuestra mente ante una situación nueva que se nos presenta y no sabemos cómo afrontarla. Nos ponemos en manos del especialista, en este caso un neurólogo, que dentro de sus conocimientos y con los medios que maneja nos ofrece un abanico de posibilidades a la hora de tratarnos, pero no nos confundamos, esta enfermedad no afecta a todo el mundo por igual, de hecho le llaman la enfermedad de las mil caras, dependiendo del lugar en donde tengamos las lesiones puede afectar de una forma o de otra totalmente diferente.

Con esto quiero decir que los propios médicos no saben cómo va a responder el paciente ante el tratamiento a aplicar, se limitan a experimentar, si el tratamiento da buenos resultados lo dejan estar y si no, lo cambian, lo que vulgarmente se llama «prueba- error». Al fin y a la postre los médicos se basan en estadísticas para recetar uno u otro tratamiento en función de los resultados obtenidos en pacientes tratados con anterioridad. No tenemos más que leer las valoraciones que hacen sobre los nuevos medicamentos que salen al mercado:

«Según un estudio realizado en el instituto «el que sea» de la universidad de «por allí» se ha demostrado que este medicamento de última generación reduce en un 54% el número de brotes en pacientes con esclerosis múltiple progresiva secundaria.»

¿Somos o no, parte de la estadística?

Esto no es una crítica a la medicina y mucho menos a los médicos. Nadie tenemos derecho a cuestionar el no saber, se puede criticar la inacción o la pasividad, pero él no saber, nunca. Los médicos para poder saber de una enfermedad tienen que investigar con los medios que tienen y en este caso, como en otros tantos, los medios somos nosotros, los enfermos.

No pretendo enjuiciar a nadie en concreto ni a ninguna institución, simplemente constato una realidad. La verdad es que el panorama no puede ser más desolador. Nos han diagnosticado una enfermedad que no se conoce el origen, que no tiene cura, que no sabemos cómo va a evolucionar y que los tratamientos existentes son meros experimentos que no se sabe a ciencia cierta los efectos secundarios que van a tener en un futuro.

Si en el momento del diagnóstico lo que sientes es miedo, según va pasando el tiempo, ese miedo inicial se transforma en preocupación cuando te das cuenta de las limitaciones científicas que tienen las personas a las que vas a confiar tu salud y por ende, tu vida. Así que este es el principal problema que se nos plantea, decidir en quien vamos a depositar nuestra confianza a la hora de gestionar nuestro futuro de aquí en adelante.

La primera opción está clara, por cultura y educación nos agarramos a la medicina que conocemos, con la que hemos crecido, a la que hemos recurrido siempre que nos hemos sentido indispuestos, con un catarro, alergia, rotura de algún hueso, problemas digestivos, etc… En fin, cualquier trastorno, nuestra medicina o lo que es lo mismo, nuestros médicos tienen remedio para todo y así ha sido a lo largo de nuestra vida, pero… ahora la cosa cambia.

Nos enfrentamos a una enfermedad de carácter neurológico, relativo al cerebro, ese gran desconocido para nuestro sistema sanitario. A pesar de ser una enfermedad descubierta a mediados del siglo XIX, no existe un historial clínico lo suficientemente amplio para que las estadísticas sean del todo fiables. En los últimos 20 años se ha progresado mucho en descubrir tratamientos que minimizan los efectos devastadores que produce la enfermedad aun así son tratamientos paliativos, no van dirigidos a combatir el origen.

Tendrán que pasar muchos años para que las estadísticas emitan un veredicto más o menos fiable.

La segunda variable es más complicada a su vez que arriesgada. Existen terapias alternativas englobadas en culturas desconocidas para nosotros y que utilizan medios de sanación antagónicos a los practicados por la medicina convencional con la que hemos sido tratados hasta el momento. Este es el caso de la medicina tradicional China que se basa en el concepto de chi equilibrado, que recorre el cuerpo de la persona. El chi regula el equilibrio espiritual, emocional, mental y físico y está afectado por las fuerzas opuestas del yin («energía» negativa) y el yang («energía» positiva). Según esta medicina, la enfermedad ocurre cuando se altera el flujo del chi y se produce un desequilibrio del yin y el yang.

La terapia a aplicar se basa en la ingesta de diferentes tipos de hierbas, alimentación libre de grasas, mucho ejercicio físico, meditación, acupuntura y masajes reparadores tales como la reflexología podal. No es ni mejor ni peor, es simplemente otra opción. El problema estriba en cuál de ellas elegir para no errar, no estamos hablando de decidir algo baladí, nos referimos principalmente a nuestra salud, o mejor dicho, qué opción nos garantiza una calidad de vida que nos permita mantener intacta nuestra dignidad.

En mi caso, hace nueve años que opté por la opción más arriesgada, la medicina tradicional China y de momento estoy más que satisfecho de los resultados, a nivel físico y espiritual.

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